¡Fuego!

por Álvaro Felipe, 30 Junio 2008 7:15 PM

Y dijo Astharoth, duque de los infiernos,
al quinto día de la creación: “Hágase el fuego”.
Y se hizo el fuego y vio que su obra era buena.

Sargatanás a los hunos.
Roma 476d.C.


Cuando Astharoth, Duque de los Infiernos, celador insuperable, creó el fuego en las profundidades del averno, Dios creaba al hombre en las llanuras de Mesopotamia (o de Tanzania?) y así ambos convivieron en el Paleolítico Inferior, en el que la creación del duque era el dios de la creación de Dios (!). Entonces este, enfurecido, quiso acabar con la raza humana (y de paso con el sacrilegio de Astharoth) y mandó una lluvia torrencial (lluvia torrencial = diluvio). De esa manera se extinguió el hombre pero se salvó el fuego (porque el Duque lo escondió en sus entrañas). Secadas las aguas, Astharoth volvió a crear al hombre y de ahí descendemos nosotros.

La mañana del 15 de agosto de 1998 me despertó una especie de rugido que pareció venir del interior de mi sueño. Medio dormido aún, no podía reconocer si esa bulla retumbaba desde el fondo de mi cráneo o si venía de afuera. Hasta que reventó.

La explosión me arrojó de cabeza contra el piso y sentí una fuerza extraña que atravesaba mi pecho y se comprimía en mi estómago. Había sido un estallido gigantesco, tan fuerte que parecía que la tierra se quebraba desde sus entrañas. Me puse de pie jadeando y, en un estado casi hipnótico, salí a la calle, para ver qué había sucedido.

Afuera me encontré un mar humano (nunca pensé que tanta gente viviera por esos sitios). Estacionados frente a sus casas, en las pistas, en los cerros, las personas tenían en sus rostros la misma expresión de asombro, como si la fuerza indefinible que me sacó de mi casa los hubiera sacado a todos ellos. Estaba pálidos, petrificados, como si no tuvieran sangre o como si aún estuvieran soñando (soñando de pie). De la explosión, todo había pasado al silencio.

Espantoso silencio.

Entonces por primera vez, por eterna vez, por espíritu, pude ver el humo. Nadie se movía, y de una enorme montaña que clausuraba el horizonte, se elevaba el humo de su cima. Nuca creí que ese cerro desértico pueda ser un volcán; sin embargo, ahí estaba la prueba, cruzando el aire, ennegreciendo el cielo; volviéndolo, a medida que crecía, más tenebroso.

El humo se elevó formando un torbellino, se envolvía sobre sí mismo, crecía desde su interior en gruesas espirales como una oruga que se estira. Seguía creciendo, hacia las nubes. Enorme. Como si formara un puente macabro entre cielo (cielo = ?) y tierra (tierra = hombre).

Un momento después la torre de humo, se derrumbó como si no pudiera sostener su propio peso y con un sonido que parecía un gruñido de muerte empezó a balancearse hacia donde yo, y tanta gente, estábamos.

Para ese instante me había olvidado del mundo, entonces el mundo (mi mundo) era el humo y yo. Lo vi caer, en toda su enormidad y sostenerse con esfuerzo, como si tuviera vida, a unos metros sobre mi cabeza. Después mecerse, bullir desde su interior, con copos de humo que recorrían su cuerpo como sangre infecta. Se movía, hervía, fluía en sí mismo y penetraba en las nubes de humo blanco.

Cuando se acercó más, quedé paralizado, una bola de miedo se atoró en mi garganta y los bordes de mis ojos empezaron a arderme. Me sentí inspeccionado, un condenado en sus pasos últimos hacia el cadalso. Luego se alejó un poco y sus cúmulos se movieron, buscando una dirección, buscando una forma, la forma de un rostro. Cuando estuvo formado me miró y me dio la inteligencia.

—¡Astharoth! —grité en el fondo de mi espíritu.

Y luego no recuerdo más.

Desperté exactamente 432 años, 6 días, 6 horas y 2 minutos después, en pleno siglo XIV, de cabeza en la cornisa de un templo bizantino, contemplando la conde-nada Constantinopla.

Cuando vi que Astharoth, montado en su caballo negro, venía por el camino de la Meca (meca) llevando una cabeza por los cabellos (mi cabeza por mis cabellos) lo quemé con el fuego de mis pupilas brasas y el Duque cayó, y yo caí, desde 20 metros hacia la piedra. Duran- te la caída volví a inyectarme de sabiduría y contemplé, en la pantalla del cielo, la película de mi vida. Después desperté en mi cama.

Me levantaron unas voces extrañas, una conversación extraña, llena de ecos. El cuarto estaba en tinieblas y con la confusión no encontraba el interruptor de luz. Así que tuve que moverme a oscuras, preguntándome aún si el asunto del humo habría sido un sueño y si, tal vez, ese mismo momento no era parte de otro sueño, en una cadena sucesiva de visiones. Me sentía etéreo, casi ciego, como si estuviera a punto de ocurrir un gran suceso en mi vida.

Salí del cuarto y llegué tanteando a la sala donde la penumbra era igual de intensa, aunque confusa, como si se elevaran fuegos fatuos en las esquinas. Presencias desconocidas caminaban por la casa, en círculos, rodeándome; colmillos de Abrahel flotaban en el líquido de mi cerebro y en los huesos de mis tímpanos sonaba la voz (las voces) de seres ignícolas, dueños del poder.

Entonces pude verlos, ordenados en corro, con sotanas y capuchas blancas, manos de hueso, sin dedos y con patas de ave. Adoraban, con el sacrificio de sus órganos que se consumían en el fuego del macho cabrío, a Astharoth, Duque de los Infiernos, vengador incansable y a Satana, genio y rey de la fuerza, amo del fuego del espíritu, tutor de nuestros actos, guía de nuestro nacimiento y reposo de nuestra muerte.

Athanatos kalifax derrok
Luicferus tumedca moloc
estrocnitarus grakeria noac
Satana nacimanto ragroak

Después me atraparon (creo que siempre estuve atrapado), me encadenaron en una cruz de alambre y dándome a beber brebajes desconocidos me mostraron lo que se esconde detrás de las preguntas.

He aquí la receta:

El adiestramiento consta de varias fases que irán ascendiendo en dificultad y poder. Consígase en primer lugar tres cajas de fósforos, ubíquese en una habitación que tenga el piso despejado, tape todos los resquicios por donde pueda entrar algo de luz con papel teñido de negro. Hecho esto apague las luces y arrodíllese con de manera que la puerta quede frente a usted (pero no levante la mirada del suelo). Luego abra las tres cajas, coja un palillo, préndalo, concéntrese en su pálida luz e imagine que es Dios al principio de la creación y, con la solemnidad con la que imprimiría su hálito vital, acerque la llama a los fósforos de la primera caja. Le fascinará el estallido.

Aguarde a que regresen las tinieblas, concéntrese nuevamente en que es usted el creador (es imprescindible la aceptación de este principio). Pasada la segunda explosión ya debe haber sentido una presencia en la puerta, observándolo. No tenga miedo y continúe. Coja un vaso con kerosén y cuando haya flameado la tercera caja, inmediatamente arroje el combustible; la cuarta explosión será magnífica. Mire al suelo y no levante los ojos bajo ningún motivo por un minuto. Entonces él se habrá ido.

Terminado el ritual, prenda la luz y observe cómo quedaron los palillos de fósforo. Retorcidos, quejumbrosos, como fetos carbonizados.
Consiga, para este nuevo ejercicio, papeles de periódico en cantidades, aumente la dosis de kerosén a una taza pequeña y vuelva a encerrarse en el cuarto, donde las paredes y el piso deben estar vacíos.

Enrolle los papeles formando antorchas compactas y préndalas. Una en cada mano. Concéntrese en ellas, mírelas, intente comunicarse con el fuego que crepita, demórese cuanto sea necesario hasta conseguir la concentración. Cuando esto suceda forme círculos con las antorchas, verticales, horizontales. Dance, vuele, deje escapar sus emociones más profundas, como si caminara sobre nubes.

Poco a poco irán apareciendo los ignícolas, siervos de Astharoth, no tenga miedo no viene a dañarlo, están ahí para ofrecerle los secretos del nuevo arte. En eses momento, sostenga el fuego sobre su cabeza y mírelo fijamente. Cuando el rostro de Astharoth se forme entre las llamas, elimine todo pensamiento de su cerebro y déjese llevar por el duque. Inmediatamente ponga las antorchas en el suelo, una a su izquierda, otra a su derecha, tome el combustible y de un solo tirón de brazo vacíelo en el suelo formando un círculo de fuego que lo envolverá con su gloria. Quedará desvanecido al instante. Pero no será un sueño como todos, será la muerte y conocerá el placer de la muerte porque al despertar conocerá el éxtasis de la resurrección.

Al despertar estará convertido en Dios.

Y los dioses (como yo) aprenden a jugar con los hombres.

He nacido con los signos de la bestia, he vivido bajo los puñales y sobre los vidrios de la sociedad subhumana de Lima. He conocido los albores del pensamiento y el ocaso de los besos que ya no se dan como antes. He quemado mi pasado y he comprendido, después de muchas cavilaciones, que no soy el mismo.

Cuando descubrí que podía conversar con el fuego él se volvió mi narcótico, hacía fogatas dentro de la casa y me quedaba horas mirando el fuego, que, como un ángel perverso, se yergue y danza sobre los cuerpos retorcidos de sus víctimas.

Gozaba al sentirme poseedor de esa fuerza, de haber despertado al fin, y de sentir que era un más de los ignícolas. Sin embargo, sentía algo extraño, como cuando se recuerda algo que no se sabe si fue sueño o si en realidad sucedió. Podía creer a veces que no yo no era yo, que yo (yo) seguía prisionero en el templo de los ignícolas, adorando a algún dios que me roía las vísceras, después de haber conocido los ritos de su organización metafísica, basada en el poder del fuego.

Viví así por un tiempo, convencido de tener ciertos poderes tipo superhéroe o supervillano, creyendo que podría consumir el alma de algún desgraciado con el fuego de mis ojos.

Pero nada de eso era verdad, lo que habían hecho los ignícolas al enseñarme los secretos del fuego no era darme el dominio sobre él, sino subordinarme a su culto y a sus leyes oscuras.

Cierta noche escuché dentro de mis sueños una voz lejana, plagada de ecos, que repetía una frase que me pareció terrorífica, como el universo. Desperté y repetí sorprendido: “Y dijo Astharoth, Duque de los Infiernos, al quinto día de la creación: ¡Hágase el fuego! Y se hizo el fuego y vio que su obra era buena”.

Salté de la cama como un resorte. Una señora que no era mi mamá preparaba el desayuno en la sala, un hombre que no era mi papá venía con el pan, arrastrando su cola viscosa por la vereda. Dos arañas, que no eran mis hermanas, se vestían en sus camas; y un lagarto rojo ¡que por la maldición de dios no podía ser mi hermano! se lavaba las manos en el patio.

La mujer sirvió una taza de leche caliente.

—Toma antes que se haga de noche.

—Pero si son las seis de la mañana —respondí.

—Sí, pero como no te apures se va a hacer de noche.

Traté de ver en el fondo de su sonrisa a la de mi madre pero sentí que se había desvanecido de mi memoria. En eso entró el lagarto.

—Comamos antes que se haga de noche —dijo.

Y se tiró en el suelo para morir, con un puñal atravesado en su pecho escamoso.

Tomé la leche caliente, tomé mis cosas y salí para la universidad. Todo era monstruoso pero lo tomé como el producto de resaca trasnochada.
En las calles las personas cambiaban de color y me susurraban con voces de esparigornes emblemas de algún rito desconocido. Fue entonces cuando comprendí.

—Esto tiene que ser un sueño —me dije— y no puedo dejar que me domine.

Lo comprobé arráncandome una oreja y mordiéndome la espalda. Todo era posible (todo es posible dentro de un sueño). Y caminé, con pasos de círculo, hacia atrás y hacia adelante y así volví a mi casa. Cuando llegué la noche había caído (”comamos antes que la noche caiga”) y dentro de la casa ardían las velas por el piso y sobre el cadáver del perro.

—Tenemos que alumbrarnos porque ha caído la noche —dijo el aterrado lagarto, sacándole la grasa al perro mientras las arañas tejían cera para las velas, pegadas, con sus pelos espinosos, a los ladrillos del techo.

Volvió a sonar el cántico:
Karrika tumedca Luciferus
Athanatos Kalifax Satanis
Athanathos…

—Athanathos Astharoth.

Entonces empezó a arder la casa entera, como un horno. Las llamas cobraban vida y mostraban rostros, enrollándose en los muebles y en el perro muerto. “Esto tiene que ser un sueño”, recordé. Pero qué podía hacer si el fuego me chamuscaba la carne, me la derretía, me la pegaba al suelo, hacía rodar mis ojos por la sala y crepitar mi sangre. Astharoth había aparecido de nuevo y comía mi carne arrancándola de mis huesos quebradizos y mis ojos, que habían rodado debajo de la mesa, lo veían de espaldas. “Comamos antes que la noche caiga”.

Mi cuerpo apelmazado en el piso era devorado por Astharoth, genio de los suplicios. Y la noche había caído. “Comamos antes que la noche caiga”.

Desperté agitado y sudoroso, temblando. “¡Un sueño!, que alivio”. Eran las seis de la mañana (15 de agosto?), así que me recosté para dormir una hora más. Pero recordé que tenía un examen importante, salté de la cama desesperado, tomé algo rápido y salí. Aún no amanecía; era lógico, era invierno. En la avenida no pasaban los carros y mi reloj de pulsera decía 2:27. Era madrugada y había confundido un 2 por un 6. Volví. A lo lejos vi el desastre. La casa ardía; mi mamá, mi papá y mis hermanos estaban afuera, pidiendo ayuda. ¿Qué había pasado? Nadie podía explicarlo. Decían que el fuego había empezado en mi cuarto y creció sin que nadie lo pudiera detener. Habíamos perdido todo.

Desperté llorando (resucité llorando) y maldije al sueño. Mi mamá tocó la puerta del cuarto:

—Sal a comer, está caliente.

—¿Caliente?

—Ardiendo.

Me levanté, antes de ir a la mesa cogí mi diario, algunos manuscritos mediocres y un mechón de mi cabello e hice con ellos una fogata en el patio. Comprendí que lo toca el fuego no regresa. Y que en la noche el fuego reina.

Después fui a comer con las arañas y el lagarto.

La noche había caído.


Álvaro Felipe



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Sin comentarios “¡Fuego!”

  1. renren dice:

    Hay varias descripciones de tiempos antiguos por la piedra de poder y él sobre cada uno del las piedras de poder Se describen varios efectos y se han pasado.

    - En shui del feng, cristal se ha tratado como una piedra importante (piedra de poder).

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