Sinopsis:
Único tratado de todo el libro en el que Lázaro casi no aparece y el pícaro, en lugar de ser Lázaro es el amo (con lo que el amo y sus picardías es el centro de la historia en lugar de serlo el muchacho). Este amo es un buldero, llamado comisario por Lázaro en varias ocasiones, que usa de su astucia para forzar a que la gente tome las bulas y Lázaro cuenta tres anécdotas de él. En la primera, un alguacil, cómplice del buldero, finge ser poseído por el demonio hasta que por el poder de la santa bula, la posesión termina. La gente, maravillada por lo sucedido, confía en la bula y la toman por cantidades. En la segunda (bastante breve), el buldero arroja a manos llenas las bulas y la gente las toma convencidas de que eran un regalo de Dios; pero al final, el buldero hace que todos los que tomaron las bulas sean empadronados con la excusa de así saber quienes gozarían del perdón de Dios. En la tercera, pone una cruz de metal en el fuego y cuando los fieles se acercan a besarla se queman la cara; el buldero les dice que la cruz arde por la poca caridad del pueblo. La gente convencida, tomó más de tres mil bulas y se quedaron con la cruz ardiente, trocándola por una cruz de plata con la que se quedó el buldero. Finalmente, luego de cuatro meses, Lázaro se alejó de ese amo.
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TRATADO QUINTO
Cómo Lázaro se asentó con un buldero
y de las cosas que con él pasó
Quinto amo de Lázaro: el buldero
El quinto fue un buldero, el más desvergonzado que he visto en mi vida, pues tenía modos muy ingeniosos para echar las bulas.
Cuando llegaba a los lugares donde iba a presentar la bula, se ganaba el favor de los clérigos, regalándoles algunas frutas de la estación. Así buscaba que llamen a sus feligreses a tomar la bula. También averiguaba sobre ellos antes de presentarse. Si se enteraba que sabían latín, no hablaba palabra en esa lengua para no equivocarse, más bien los sorprendía con un perfecto romance castellano; pero si eran curas poco cultos, para impresionarlos se pasaba hasta dos horas hablando en latín, aunque erraba varias veces.
Cuando el pueblo no aceptaba buenamente las bulas, veía la manera de forzarlos a hacerlo. Y como sería largo contar todas sus artimañas, diré una de ellas como prueba.
El alguacil finge ser poseído por el demonio para que la gente tome las bulas
En un lugar de la Sagra de Toledo había predicado tres días sin que nadie se acerque a tomar las bulas. La noche antes de irse, se puso a jugar con el alguacil en la posada y terminaron riñendo. Por poco se matan si los huéspedes y los vecinos no acuden a separarlos. El alguacil, que no podía atacar a mi amo porque lo tenían bien sujeto, le gritó que era un estafador y que las bulas que daba eran falsas. Finalmente, los vecinos se llevaron al alguacil a otra parte y pudimos descansar.
A la mañana siguiente la gente fue a misa murmurando sobre la falsedad de las bulas y que el alguacil lo había descubierto y denunciado la noche anterior. Mi amo, desde el púlpito, predicaba el sermón y animaba a la gente a tomar la bula. En eso entró a la iglesia el alguacil y con voz alta comenzó a decir:
—Buenos hombres, escúchenme unos minutos. Yo vine a este pueblo junto con este buldero y habíamos planeado repartir las ganancias que nos producirían la venta de las bulas. Sin embargo, tomé conciencia del daño que le haría a su pueblo con este negocio y me arrepiento de lo que hice y he venido a advertirles de la falsedad de las bulas y que si a este se castiga por estafador, sepan todos que yo no tengo nada que ver con él.
Cuando acabó, algunos hombres quisieron sacar el alguacil por hacer escándalo en el templo; pero mi amo ordenó que le dejen terminar todo lo que tenga que decir, y quien no lo permita, sería excomulgado.
—¿Tienes algo más que decir? —preguntó mi amo.
—Mucho más tengo que decir de usted y de sus engaños, pero basta por ahora.
Entonces el señor comisario se hincó de rodillas y en actitud de oración, dijo:
—Señor Dios, que todo lo sabes y todo lo puedes. Tú sabes que soy acusado injustamente. Por mi parte perdono a este hombre, pero te suplico una señal pues la gente que lo ha escuchado, quizá convencida por él, dejará de tomar la bula. Muestra la verdad, Señor, y si lo que este alguacil ha dicho es cierto, se hunda en este instante el púlpito y me desaparezca bajo tierra. Pero si es que aquel, persuadido por el demonio, dice mal para alejar a los presentes al bien de la bula, sea castigado y todos conozcan su malicia.
Apenas acabó su oración, el negro alguacil cayó cuan largo era y el golpe que dio contra el piso resonó en toda la iglesia. Comenzó luego a gruñir y a echar espuma por la boca y a torcerla, revolviéndose de una parte a otra. Se hizo un vocerío tremendo, algunos intentaron sujetarlo, pero recibían puñetazos y patadas. Al final más de quince hombres lograron tenerlo quieto aunque con mucho esfuerzo.
Mientras tanto, mi amo seguía de rodillas con las manos y los ojos dirigidos hacia el cielo, como si se estuviera conectando con el espíritu santo y como si todo el bullicio del templo no existiera. Entre varios debieron despertarlo, diciéndole que socorra a ese pobre que se estaba muriendo y que ya había tenido suficiente castigo por sus males.
—Ya que Dios nos manda que no devolvamos el daño a quien nos lo hace, pediremos al Señor por este que sufre justo castigo.
Y a petición del comisario, todos se hincaron de rodillas y cantaron una letanía. Le echan agua bendita y le acercan la cruz al poseso y mi amo, con las manos hacia el cielo, comienza una oración tan triste que hizo llorar a todos los presentes. Hecho eso, puso una bula sobre la cabeza del alguacil que poco a poco fue volviendo en sí. Cuando se recuperó del todo, se echó a los pies del comisario y pidiéndole perdón le confesó que era el demonio quien lo había hecho hablar, porque el diablo sufría mucho con la repartición de las bulas.
Mi amo lo perdonó y ambos hicieron amistad nuevamente. La gente del lugar, que presenciaron el milagro, tomaron la bula con tal prisa que nadie se quedó sin ella y la noticia corrió por los pueblos cercanos, donde los pobladores tomaban la bula sin necesidad de sermón o ir a la iglesia, que hasta a la posada llegaban a recibirla. De tal manera que mi amo echó más de mil bulas sin predicar.
Cuando, días atrás, mi amo y el alguacil habáin ensayado la escena que acababan de ejecutar, yo mismo me espanté creyendo que realmente el diablo poseía al alguacil. Pero al ver luego la risa de ambos, entendí que con mucho ingenio habían ideado esa artimaña.
El buldero finge regalar las bulas para luego empadronar a quienes las tomaron
En otro lugar, mi amo predicó dos o tres semanas y nadie quiso tomar la bula. El comisario entonces anunció un sermón de despedida; terminada la predica tomó las alforjas que el escribano, el alguacil y yo traíamos y con cara alegre empezó a arrojar las bulas, que en ellas había, diciendo:
—Hermanos míos, tomen estas bulas que Dios les envía. Tomen para ustedes, para sus padres, hermanos, hijos, por los cristianos cautivos en tierras de moros. Al menos ayúdenles con sus limosnas, cinco pater nostres y cinco aves marías.
Como el pueblo las veía regaladas, empezaron a tomarlas a manos llenas y con tanta desesperación que me rompieron mi vieja ropa en medio de la confusión. Cuando acabaron, mi amo anunció que debían inscribirse los que habían tomado la bula para saber quienes gozarán de la indulgencia divina.
Hecho el inventario, nos fuimos todos muy alegres del buen negocio.
—¿Qué les parece? —decía mi mi amo al alguacil y al escribano— Esta gente cree que con solo decir “somos cristianos viejos” se salvarán, sin hacer caridad ni donar nada de sus pertenencias.
Y así nos fuimos hacia La Mancha donde topamos con más gente que no quería tomar las bulas. Vista por mi amo la gran pérdida que sufría por ello, dio la misa mayor, acabó el sermón y luego colocó una cruz y la colocó encima de un brasero que habían puesto ahí para calentarse las manos. La cruz se calentó en la lumbre sin que nadie pueda advertirlo y terminada la bendición, la cogió bien envuelta con un pañuelo y en la otra mano tomó una bula, bajó las gradas, fingió que besaba la cruz e indicó que vengan a adorarla. La gente se formó de a uno, primero los alcaldes y ancianos. El primero, un alcalde viejo, aunque besó apenas la cruz, se quemó la cara y se apartó rápidamente.
—¡Milagro, señores! —dijo mi amo.
Y con siete u ocho más se repitió el milagro de los caraquemados. Entonces, el comisario no quiso que nadie más se acerque a besar la cruz, subió al altar y dijo que Dios había efectuado ese milagro pues por la poca fe y caridad del pueblo la cruz ardía.
El pueblo tomó con tanta prisa las bulas que no alcanzaron los escribanos y clérigos ni sacristanes para escribirlas. Creo que se tomaron más de tres mil.
Cuando dejamos el pueblo, la gente suplicó a mi amo que les dejase la cruz para engastarla en oro y conservarla en memoria del milagro acaecido. Él se negaba a darla, pero al final lo hizo pues le ofrecieron darle a cambio una cruz vieja, de plata, que tenían.
A Lázaro le hace gracia su amo, pero pasó fatigas también
Así nos fuimos alegres con el trueque. Y, aunque engañador, me cayó en gracia y pensaba: “¡Cuantos burladores como estos deben haber que se aprovechan de gente inocente!”
Finalmente, estuve con el cerca de cuatro meses, en los que pasé muchas fatigas.
Álvaro Felipe
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hey gracias esta muy bien explicado esto
me esta ayudando en la tarea enormemente
gracias a este tipo de explicaciones
son las que acen que lea todo el tratado
esta muy interesante
wuuuuuwuuuuwuuuuuuu
graciawawawaaawaaaaaas
Muchas gracias por tu ayuda..
te lo re agradezco
pero que son bulas?
esta muy bien expecificado .Me gusta mucho.
muchisisisismas gracias…. esque tengo el libro de el lazarillo de tormes pero no lo entiendo
porque esta escrito en castellano antiguo y tusd resumenes me han ayudado, mucho gracias¡¡¡