Intentaré contenerme y evitar que este artículo sea demasiado dramático. Aunque es difícil después de haber presenciado ayer, el capítulo final de una temporada triste, donde los peruanos sacamos a relucir lo que realmente llevamos por dentro: excremento.
Si no cómo se explica el pensamiento de un país que antes que tomar en cuenta las palabras de un Premio Nobel, de uno de los intelectuales más repestados del mundo (ojo, no digo hacerle caso, solo tomarlo en cuenta, intentar comprender por qué dice lo que dice, evaluar su postura), preferimos insultarlo, mezquinarle sus logros y decir que es un resentido y cosas peores (¿no es cierto, Bayly?). Lo mismo con Javier Pérez de Cuellar, quizás el peruano más importante del mundo después de MVLL. ¿Qué nos pasa? ¿Tanto nos apesta la cultura?, ¿tanto asco nos da usar el cerebro y votar con él antes que con los intestinos? ¿Tan miserables somos que antes que ver en peruanos ilustres la opción de que nosotros también podemos llegar alto, vemos en ellos enemigos porque consiguieron lo que nosotros no, pero en los políticos que nos roban, violan nuestros derechos y se rien en nuestras caras, vemos patrones por los cuales sacrificar nuestros principios y nuestra dignidad? Así estamos pues, no hemos avanzado nada. El egoísmo, la envidia, el irrespeto por el prójimo, el famoso "alpinchismo" peruano que debería corregirse desde las aulas, desde los más pequeños, hoy nos vuelve a patear en la cara. Porque han pasado veinte años. Más de tres millones de electores de ayer han votado por primera vez y son gente nueva. Gente que debió ser educada en las escuelas sobre su pasado, sobre su tradición y sobre lo que hicieron las clases políticas por su país para tener una clara identidad cívica, antes que una actitud de títere, volviéndose groupie del payaso más ridículo. Pero en las escuelas se vive en mismo alpnchismo que afuera. El mismo cuento barato de que cursos como filosofía, psicología o educación cívica no sirve para nada porque no te asegura el ingreso a la universidad. Y ya ven los resultados. Veinte años debieron bastarnos para formar electores nuevos, mentalidades frescas y concientes. Pero preferimos embrutecerlos con el maldito mito del examen de admisión y descuidar por completo su formación como ciudadanos y hombres y mujeres de bien. Y hoy lo estamos pagando.