Quisiera estar contigo
en un lugar que tú y yo nos inventemos
y que la gente nos llame
y nunca nos encuentre.
Y decirte todo lo que me atormenta
y fingir que me entiendes
(y que finjas que me entiendes)
y que desde lo alto de la muralla veamos
brillar un año nuevo.
Quisiera escuchar tu voz
y que me digas que sientes mi dolor
que puedes leer en los balbuceos
y los quejidos que me provoca el vacío
de sentirme diferente al resto.
Quiero abrir un hoyo en la tierra
recoger provisiones y encerrarme contigo
y jugar los juegos que solo nosotros conocemos
(que solo nosotros nos inventamos)
y reirnos mucho y querernos mucho
y sentir que hay una sola persona en el planeta
que sabe como soy
y me quiere por lo que soy.
Quiero dar la vida por ti,
esta vida que ya no me aguanta más,
que me ha dado más dolores que alegrías
para convertirme en espíritu y acompañarte a donde vayas.
Quiero tus brazos en mi cuello
tu cuerpito en mis brazos,
tu sonrisa eterna y
escuchar por siempre que me digas
te quiero papi.
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Acabo de leer Werther. Y me parece curioso que un libro que me marcó tanto en una época de mi vida apenas lo haya leído una vez y no tres, cinco o siete veces como con otras novelas (incluso mucho más extensas). La relectura de Werther ya no a los dieciséis años (que tenía cuando lo leí por primera vez) sino acercándome a los treinta, más maduro y calculador me hizo comprender a cabalidad porque Werther fue un héroe para los enamorados, por qué los adolescentes de la época encontraban en él una suerte de profeta, de mesías del amor y siguiendo su ejemplo se quitaban la vida convencidos de que este mundo no está hecho para personas en contacto con sus sentimientos. Y más aún, que esas personas que están en contacto con sus sentimientos son superiores que las personas frías, responsables pero sin esa pasión que consume y devora el alma del romántico.
Lo que no significa, claro está, que las razones de Werther me convenzan y esté tentándome el suicidio. Lo que quiero decir es que comprendo cabalmente que la vehemencia de Werther, la fuerza con la que vive, siente y defiende sus ideas hacen que por momentos uno sienta que él tiene razón.
Para ponernos al corriente, ¿qué es Werther?
Werther es una novela escrita por el alemán John Wolfang Goethe en 1774 y que significó el inicio del Romanticismo en el mundo y la postulación de las ideas de un grupo literario llamado Sturm und drang (tormenta e impulso) que Goethe lideraba. Este grupo buscaba que el arte sea libre, propugnaban que los sentimientos son superiores a la razón y tomaban a Dios y al amor como fin supremo del arte.
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Hemos sintetizado las distancias,
los años, los nombres
y los rigores
de tus recuerdos y tu promesa
de implícita fidelidad.
Tu falda de monja se eleva
en ondas de gracia
en ondas de tu nombre
(te deseo porque TE AMO)
y tus exhalaciones me hacen sentir hombre
(te hacen sentir mujer)
y nos permitieron soñar por un minuto.
Me quedas aún entre mis manos,
siento todavía los resquicios
de tus besos adormeciéndome la boca,
y aún me enternezco con
las sonrisas de tus remordimientos
(eres una muñeca dibujada a
lápiz para caber entre mis manos).
Estuve a punto de llorar en nuestro encuentro.
Puedo quererte a golpe de neuronas
glorificarte en el altar
de tus manitos juntas para el rezo
(llena eres de gracia).
Santificarte en el edén
que creaste para nosostros.
Álvaro Felipe
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Te siento (lo siento)
y creo que todo ha terminado
-aunque tus medias sonrisas
suenan a tristeza más que a calma-
y tuve que soportar tu imagen cruzando la puerta
-y no pude saltar a tus pies para pedirte
que me expliques tus razones,
que descargues tus iras
y que esperes mis palabras-
Siento la soledad de estos espacios sin forma
que nos arrebatan los minutos
y nos quitaron nuestros humildes sueños
(tú, yo, una cama, cuatro horas,
¿le pedimos mucho a la vida acaso?)
Debo reconocerlo,
debo conjugar los verbos
y definir pronombres
y arrastrar mi dignidad
para sacarme la astilla de los pulmones
que no me deja respirar:
TE AMO.
Y la revelación del secreto
es fulminante, horrísona,
ulterior a nuestros ritmos
y a nuestros años
que nos ganaron la carrera.
Álvaro Felipe
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Hinca en mis espaldas
tus colmillos.
Paulatina, incontrolable
—luz de día, luz de noche,
besos que abrasan los brazos
que lazan tus circunferencias—.
Camina, remodela en el aire
los dibujos de mis ansias.
Refigura que me amas
entre el sudor de los espejos
(tu reflejo tiene efluvios
de niña buscando un hombre)
y el olor que se resopla
en la virilidad de mis células.
Tus besos saben a sueños
cumpliéndose en los milímetros
de tu piel de niña
(y en nuestros segundos asmáticos
dejamos crucificado al tiempo
en los relojes).
Te recuerdo en los sillones,
al borde de la ventana,
chapoteando bajo mis palabras de amor.
Te recuerdo asesinada, acribillada
desvestida
ante los impactos
de la metralla implacable
de nuestro
orgasmo de amor.
Álvaro Felipe
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Te has quitado los velos
y con la palpitación de tus senos
(al ritmo de tu enojo)
has gritado que me amas
ensayando tus insultos más groseros.
Y lloraste apretando los dientes
(tengo una piedra dentro del pecho).
Al olvido de tus formas
el olvido de mi orgullo
clamorea con pasión viriL:
¡Te amo mierda!
Y te he soñado en voz alta
y aguardo tu respuesta
(el bloque de hielo me rompe los pulmones).
Adiós entre sonrisas
que ocultan nuestras depresiones.
Olvida que te olvido
(no puedo respirar)
olvida mis tartamudeos
(no-no-no fue mi-mi-mintención)
Y sonríe para recordarte alegre.
La lluvia duele cuando cae
el frío lastima cuando empuja
donde… donde… donde… donde…
—HASTA CUÁNDO—
Hasta que mis pulmones no funcionen
(ya no puedo respirar)
Álvaro Felipe
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