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El hoyo de los infelices

By Álvaro Felipe, 30 Junio 2008 7:35 PM

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La ciudad de los sueños

Dentro de la ciudad de los sueños
la única prohibición es tener sueño.
A.F.


En la ciudad de los sueños (dentro de la ciudad de los sueños) lo último que uno debe hacer es quedarse dormido. Esta es una verdad universal. Si dentro de catorce horas, que valen por catorce siglos, por catorce (infinitos) movimientos de cabeza, expulso de mi cuerpo ese gemido ulterior, que es el postrero, aún para mi raza de “homo genius”; algún rincón de la ciudad de los sueños –al que nadie llegará jamás— será parte de mí.

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Linda

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Visiones

Se oyen ruidos en los huecos de mi pecho
A. F.


Se oyen ruidos en las cavidades de mi pecho… ¡aquí!…¡allá!… en el crepúsculo del miocardio y la oscuridad de los ventrículos parece correr algo que no es sangre, en los túneles recónditos de mis pulmones fluye algo que no es aire, por las telarañas de mis neuronas y de mis meninges habita algo que no se parece a mi conciencia, y sobre mis únicos pies (con los que nací hace varios años) camina alguien (o algo), que no soy yo.

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La mujer equis

Existen sentimientos que aprisionan el
alma con un nudo gordiano. Imposible
de deshacer si no es con la muerte.
A.F
.


He pensado mucho tiempo si debía o no incluir en este libro la historia de la mujer equis. He terminado por decidirme, más que por vocación literaria, por el horrendo temor de olvidarme un día de ella, como de muchas cosas que ahora me parecen sólo malas pesadillas.

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La espiral nocturna

Corre a ver tu reloj. Óyelo.
¿Escuchas un tric trac?


Comúnmente me ha llamado la atención la frenética manía que tienen las personas por medir el tiempo. Nuestra vida se ha sistematizado tando que cada movimiento que hacemos necesita el control de ese diabólico aparatito, que, tercamente, sigue fabricándose como antes, con agujas y ruedas.

En mi época de estudiante, la maldita máquina no me dejaba en paz, ya recordándome sin piedad que se me acababa el tiempo para un examen, ya reventándome el cráneo por las mañanas, haciéndome levantar como zombi, ya torturándome a cada hora con su espantoso “tric-trac”

Eran mis tiempos de preuniversitario cuando se iniciaron mis problemas con el reloj. Cuando uno se prepara debe acostumbrarse a temer y a soportar el miedo. Hay que desvelarse, llenarse la cabeza con conceptos reducidos al mínimo, aprender en un año lo que no se pudo en once, y contar, como un condenado a muerte, el transcurso de los días hasta la llegada del fantasmal “examen de admisión”.

Me había acostumbrado a estudiar de noche y a aprovechar su soledad y silencio para concentrarme. Pronto mi oído se fue afinando y escuché el “tric-trac” del reloj de la sala, primero con un vaivén apagado, pero pronto tomaba vigor y se volvía como pisadas sobre madera. Luego pude oír el arrastre de las hojas de la palta y el plátano en el jardín de la casa, sentí al viento arrastrarse como una serpiente en la viscosa atmósfera; escuché los pasos de los perros en la calle y los murmullos de los gatos al trepar los árboles. Me parecía incluso escuchar los procesos de mi organismo, como en una máquina.

Pasada esa etapa de mi vida también cesaron esas sensaciones, o mejor dicho, me olvidé de ellas y tal vez no las evocaba nuevamente de nos ser por lo que me pasó hace algunas semanas.

Había dado el último examen del mes y al llegar a mi casa (a la una de la tarde) tenía un dolor de cabeza terrible que iba por su tercer día yendo y viniendo. Solo quería dormir y descansar de ese dolor porque a las ocho debía estar en Larco Mar para cumplir mi cita con Linda. Pero apenas mi cabeza tocó la almohada caí dormido como un difunto.

Cuando se duerme así se siente placer, el descanso es tranquilo y los sueños moderados. Se es consciente de cuanto sea que pase alrededor, pero no se puede actuar, porque el sueño envuelve al cuerpo para darle libertad al alma. Soñaba entonces con una calle amplísima, húmeda y sucia, de edificios góticos, sombríos y grotescos, con polvo y barro en sus estructuras y sus agujas elevándose hasta lo más tenebroso de la bóveda del cielo. Frente a mí esas construcciones se extendían hasta el infinito como el laberinto de paredes de nichos de un cementerio. Empezaba a atardecer y  el crepúsculo teñía de rojo la inmensidad de la atmósfera, mezclándose con nubes negras que se mecían en espirales, como algodones sucios, volando con el viento.

En unos minutos el sol descendió colocándose a la altura de mis ojos, entre las dos paredes de edificios que se perdían en el horizonte, dejando en el aire un color anaranjado, vivísimo, como de sangre hirviente.

En ese momento, entre el rojo cegador de la tarde creí reconocer unas sombras de formas humanas que corrian con desorden demente por la avenida, mientras los ruidos de voces enfurecidas, los metálicos choques de armas golpeando el piso y un conjunto de gritos que s eunió para formar uno solo y desgarrador. Todo había sucedido con tanta velcidad que cuando regresó el silencio tuve miedo de él. Para entonces, una noche extraña, fantasmal, iluminada por una niebla blanca me dejó ver la avenida tapizada de cadáveres, más que cualquier número de gente viva que haya visto alguna vez. Todos parecían mirar y guardaban en su rostro una expresión tal que uno podía reconocerlos viéndolos muertos.

Necesitaba abandonar ese lugar; empecé a caminar sin prisa (creía que correr era incitar que me persigan) cuidando de no tropezarme con algún cuerpo. Pero mientras caminaba fui notando que uno a uno, sin moverse, los muertos abrían los ojos y me miraban, acusándome, como si en sus pupilas se reflejara la historia de mis culpas.

El corazón empezó a latirme con fuerza. “Pum pum, pum pum”, lastimándome el pecho y cortando mi respiración; parecía n péndulo contando los segundos para mi muerte. Se me atoró la saliva en la garganta, me entrechocaban los dientes y me temblaban las piernas.

Cuando traté de escapar noté que mis pies estaban hundidos en un barro oscuro y pegajoso, era como si una fuerza extraña conociera todos los traumas de mi infancia y me los hubiera juntado para matarme. Esforzaba las piernas y en cada paso que conseguía mis pies se hundían más en el barro.

Quería llorar, me agobiaba un raro sentimiento de culpa, me dolía el pecho y lo sentía próximo a reventar. Y más rápido que la fuerza física se me escapaba el vigor del espíritu.

Caí como un árbol talado.

*

Pasado algún tiempo me despertaron gotas de lluvia estrellándose en mi cabeza. Tenía el rostro hundido en el lodo y sentí que algo quería perforarme el cráneo: era la lluvia. Entonces amanecía porque distinguí débiles nubes luminosas clareando el lugar. Las gotas rompían en la base de mi cráneo y en fango del piso, reventándome las orejas con su sonido.  Cada gota, al caer, provocaba una minúscula explosión, como la de un vaso al quebrarse y parecía que una arrastraba a la otra, y esta nueva a la siguiente, y que así seguía en una cadena incontable: “¡Plsh!, ¡plsh!, ¡plsh!, ¡plsh!”.

Corrí. El lodo se había remplazado por charcos de agua y los malditos cadáveres se levantaban de su modorra y como si yo fuese su asesino iban presurosos a perseguirme. Mis pasos reventaban el agua: “¡Plsh!, ¡plsh!, ¡plsh!, ¡plsh!”.

Cogieron sus metales y se lanzaron sobre mí. Yo corría como loco, mis pasos y los suyos se mezclaban, sonaban sus armas golpeando el piso, la lluvia cayendo sin control y mi corazón retumbando como motor formaban una melodía funesta: “¡Trac, trac, pu, trac, plsh, plsh, trac, pum, pum, trac!” Todos deformes, aislados eran armoniosos y constantes, como relojes. Juntos eran eloquecedores, horribles y desordenados. Me sentía envuelto en una nube de moscas donde cada una frota sus patas haciendo: “¡Tric trac, tric trac, tric trac, tric trac, tric trac, tric trac, tric trac, tric trac…!”

En ese instante desperté de un brinco, con la frente sudorosa, el pecho comprimido y el susto aún grabado en mi memoria. Había terminado mi sueño.

Pero los efectos seguían vivos y sensibles. Aún tenía la aterradora imagen y los sentimientos que el sueño me produjo, aún creía escuchar esa mezcla de sonidos que me persiguió en los instantes postreros, todavía los sentía como una bandada de cuervos picoteando mi cabeza. Estaba en la frontera entre el sueño y la vigilia.

Hasta que escuché el “tric trac” del reloj de mi escritorio que empezaba a mezclarse con los sonidos que guardab a del sueño. De tal manera que esas sensaciones comenzaron a volverse reales. Los dos planos se mezclaban como un rayo luminoso atravesando una gelatina, formando un todo disperso donde no sabía cuál era cual y que era no real y que no era real.

Pronto el estrépito que retumbaba en mi cabeza empezó a percibirse por mis oídos y el “pum pum” de mi corazón se hizo “tric trac”, el “plsh plsh” de mis pasos en el agua, el “trac trac” de la lluvia cayendo, las furiosas pisadas de los cadáveres, todo se fundió en mi atmósfera y reventó en mis orejas haciendo: “tric trac, tric trac, tric trac, tric trac, tric trac, tric trac…”

Imagínese a un niño solo en un desierto, de noche, que muerto de miedo oye a su madre que lo llama y corre hacia la voz, pero entonces suena a su espalda; al ir hacia ella suena por su costado y al perseguirla suena por su otro costado. Cuando menos lo imagina la oye en el cielo, luego bajo sus pies y en un segundo la escucha en todos los rincones del planeta. La voz de la madre, antes su única esperanza, se volverá un demonio para el niño.

Así me sentía, oía el reloj del escritorio, el reloj de la sala, escuchaba el reloj del vecino, el del otro vecino, el reloj de pulsera de mi papá, el despertador de mi amigo de al lado; escuchaba todos sus compases como si acercaran a mí. Y como si fueran rostros alados, burlones y grotescos, los sentía volar alrededor de mi cabeza como demonios, como los malditos toreros que rodean en su último momento al animal y lo hacen ir de un lado a otro y de desesperación, cansancio y atques arteros terminan asesinándolo. Así era mi situación. Uno se desespera, se aturde, gruñe, se arranca los cabellos, se agita el pecho y tensa los músculos. Y todo por unos aparatitos hechos para ayudarnos a vivir.

Estaba a punto de estrellar contra la pared el reloj de la mesa cuando una idea, como una bala, se me clavó en el pecho.

—¡¡¡Liiiinndaaaaa!!!

Cogí compulsivamente la máquina,como un adicto coge la droga, y temblando de miedo la sostuve frente a mis ojos. El cuarto se sumía en tinieblas y de no ser por los números brillantes en la pantalla del reloj, no habría visto la hora

—¿Qué? —grité sordamente. Eran las tres de la mañana. ¡Tres de la mañana! Había dormido catorce horas y había perdido mi cita con Linda. ¿Hasta que hora me habría esperado? ¿Qué habría pasado en el mundo mientras dormía? Tuve la rara sensación de haber estado muerto y que al fin resucitaba.

Me enojé. Se subió un demonio a mi cabeza y empezó a fluir por mis venas infectando cada rincón de mi cuerpo de una furia incontenible. Volví a mirar el reloj: era digital y no de agujas, así que ni siquiera tenía el consuelo de haber mirado mal. Los molestos “tric trac” de los relojes de la cuadra ya se habían extinguido y solamente quedaba el de mi reloj. Parecía ser más fuerte entonces, su pantallita brillante con sus numeritos rojos me miraba como burlándose de mi desgracia y su tortuoso “tric trac” me decía como en un mal sueño: “Yo te avise, imbécil, yo te avisé…”

—¡¡¡AAAGRGR!! —grité mordiendo el aire al tiempo que levantaba el reloj de la mesa y lo arrojaba con fuerza hacia la pared, donde se hizo pedazos. Sus números rojos fibrilaban como dando un último suspiro hasta que una lluvia de pisotones dejó al aparato como alcancía de niños, hecho polvo.

No conforme con eso, hice pagar el mismo castigo a la radio, la mesita, a mi cama y a los libreros de las paredes. Los libros alfombraron el piso del cuarto y habría derribado también la vieja pared, pero me daba miedo que me caiga encima y me mate. No era para tanto.

Lo raro es que todo lo anterior no hizo bulla. Los libros cayeron suavemente unos sobre otros, los aparatos y la mesa solo dieron secos crujidos y la cama, junto con el colhón y las frazadas, cayó casi en silencio. Pero eso me pareció indignante escuchar pasos en el patio, que reconocí como los de mi hermana. ¿Qué demonios hacía despierta a las 3 de la mañana y a dónde salía a esa hora?

Salí, en la sala miré el reloj de la pared: faltaban cinco minutos para las siete de la noche.

—Al fin te levantaste —dijo mi mamá al verme.

Ni siquiera le hice caso y salí a ver a Linda.

*

En el carro, camino a Larco Mar, pensaba en mi sueño. En los cadáveres, en la lluvia, el lodo, mi corazón, los pasos, los relojes. Y para colmo habían sido las siete de la noche y no las tres de la mañana. Parecía uno de esos cuentos con los que espantan las abuelas.

Luego de más de hora y media de camino, maldiciendo a los semáforos y a los policías de tránsito, llegué al lugar y no encontré a Linda, así que me senté a esperarla. Abajo un grupo de rock amenizaba la noche.

Habré esperado unas tres horas, como una gárgola, petrificado frente al mar. Linda nunca llegó y tuve que regresar a mi casa solo, creyendo (tal vez) que aún soñaba y necesitaba una explicación.

La explicación llegó al día siguiente, cuando aparecí en la universidad desgreñado y ojeroso y me di con el profesor de Biología cuando esperaba al de Lengua. ¡Era miércoles y no martes! Con razón que Linda nunca llegó, si me había dormido treinta horas y no catorce. Y por si fuera poco el engaño me duró dos días.

*

Aquel mismo día, al regresar a casa después de clases, me puse a ordenar mi cuarto del desastre que había hecho. Lo primero fue recoger los cientos de libros y regresarlos a las repisas. No fue poca mi impresión cuando bajo una pila grande de estos hallé el reloj electrónico que había roto a pisotones.

Solo entonces caí en la cuenta de que el maldito reloj digital es silencioso; y no me explico como rayos me estuvo torturando toda la noche con su agobiante “tric trac, tric trac”.


Álvaro Felipe



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